Juan Antonio rascón llega a parís en 1878 para ver unos cuadros de goya que resultan ser las pinturas negras de la quinta madrileña del artista. Al examinarlas, vuelve a él la memoria de rosario weiss, de quien estuvo enamorado en su juventud, la joven creció junto a goya y aprendió de él, pero por encima de todo, fue la hija que lo acompañó hasta sus últimos días; sin embargo, tras la muerte del pintor, quedó relegada durante décadas, borrada tanto por su condición de mujer como por la voluntad colectiva de conservar intacto el mito goyesco.