Comer es también una forma de ordenamiento del mundo. En cada bocado se ponen en juego relaciones de poder, se activan historias que nos preceden, jerarquías que operan sin nombrarse y hábitos que parecen naturales, pero que han sido impuestos y normalizados. En ese gesto cotidiano se inscriben dinámicas y modos de vida que difícilmente se perciben como construcciones históricas. Lo que entendemos por “natural”, lo cotidiano, lo deseable es, en realidad, el resultado de procesos largos y con?ictivos que han con?gurado nuestros gustos. En Colombia, la presencia casi incuestionada de la carne de res en la mesa no es simplemente una preferencia alimentaria, es el resultado de un proceso que comenzó con la irrupción colonial, cuando no solo se ocuparon territorios, sino que se recon?guraron los sentidos, los gustos y las formas de habitar el mundo. La introducción del ganado no transformó únicamente los paisajes, sino que instauró una lógica que vinculó alimentación, prestigio y diferenciación social, organizando una geopolítica de lo cotidiano en la que ciertos consumos fueron elevados a norma mientras otros eran desplazados o borrados. Lo que hoy parece elección es, en el fondo, efecto de esa historia encarnada.