Hubo en tiempo en Pensilvania en que la noche pertenecía a lo
desconocido.
La oscuridad era el dominio de la bruja y el duende, y el miedo era el
pagamento que mantenía unidas a las familias alrededor del fogón. Pero
entonces se encendieron las luces. Y con la luz eléctrica, legaron las otras
luces: las de las pantalas. La tecnología no solo iluminó los rincones donde
se escondía la Patasola; la tecnología la hizo irrelevante. Como señala el
autor, pasamos de la era de la “coerción” a la era de la “seducción”. Antes,
el control social se ejercía mediante el temor al infierno o el castigo del
Padre Daniel; hoy, el control es voluntario y placentero, dictado por el
consumo y el algoritmo. El “cubo mágico” -la televisión- fue el primer
intruso. Entró en la alcoba y desplazó a las imágenes religiosas y a los
abuelos narradores. Ya no hacía falta escuchar la historia del Tío Ramón
sobre el camino de Miraflores para sentir emoción; la telenovela ofrecía un
drama más rápido y sin frío. Las leyendas orales, que requerían memoria y
voz viva, no pudieron competir contra la satisfacción efímera de la imagen
electrónica