Una tarde de invierno -ese momento es el que me trae los recuerdos invernales más entrañables por los colores del atardecer que entraban por las cristaleras, la belleza de la nieve sobre los vagones negros, los raíles de hierro y los tejados alquitranados que veíamos desde el puente de Brooklyn-, cuando la estufa junto a la cabina de cambio brillaba y relucía mientras alguna anciana malhumorada con gafas distribuía cambio y los pesados torniquetes retumbaban con un crujido dentro del cobertizo de madera, entonces, entre la apiñada multitud que esperaba salir para tomar el tren, al ver en el puente de Brooklyn todas esas oscuras líneas de cables debajo del ventisquero, imaginaba que eran las luces de gas que veía en las calles de más abajo, que todos los neoyorquinos eran mis padres, y que el tren que esperábamos me llevaría de regreso; de regreso a esa vieja Nueva York de madera, ladrillo rojizo y hierro por la que Theodore Roosevelt paseó todas las noches cuando era inspector de policía.